Cuando somos niños soñamos con “qué queremos ser cuando seamos grandes”, por lo regular los sueños son ¡inmensos!, nuestra imaginación parece ¡no tener límites! Un niño realmente puede creer que viajará al espacio, descubrirá planetas, ¡cambiará el mundo! Pero ¿qué pasa cuando ese niño crece? ¿Seguirá soñando? ¿Podrá imaginar o perderá esa chispa?
Es común que el mundo asfixie esos sueños y que a veces antes de llegar a la edad adulta ese niño haya dejado de soñar e incluso de creer en él. Es tan triste ver como un sueño puesto por Dios como una llama a veces parece extinguirse por falta de oxígeno.
Debemos buscar que esos sueños que vienen del corazón de Dios permanezcan aún a pesar del tiempo. ¿Cómo podremos conservarlos o avivarlos? ¡Clamando al Señor de todo corazón! Él hará su obra mediante su Espíritu Santo “Aviva, oh Señor, tu obra en medio de los años, en medio de los años dala a conocer…” Habacuc 3:2 Debemos reconocernos necesitados de nuestro Padre, de su gracia y misericordia; pues sólo Él es el autor y dador de la vida tanto física como espiritual.
¿En verdad creemos que somos capaces de mejorar nuestra sociedad con la ayuda de Dios? ¿De ser catalizadores de cambio? Es necesario que esos sueños muertos cobren vida, ¡que resuciten! y que la esperanza arda dentro de nosotros. “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, nos haga aptos en toda obra buena para que hagamos su voluntad, haciendo él en nosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.” Hebreos 13:20-21
Padre, en el nombre de Jesús, nos reconocemos necesitados de ti, sin ti nada somos mi Dios. Aviva nuestros corazones, resucita esos sueños que provienen de ti y que han sido olvidados. Danos la fe, la esperanza y la fortaleza necesaria para tomarlos fuertemente en nuestras manos y luchar. Sin importar el tiempo que ha pasado, tú eres fiel; eres el mismo ayer, hoy y por los siglos. Yo te ruego por esa confianza en nuestros corazones. Tú no eres hombre para mentir; ni hijo de hombre para arrepentirte; ¡Tú ciertamente cumplirás! ¡Tú eres Fiel! ¡A ti sea toda la gloria por la eternidad! Amén.
