Hay veces que la añoranza desgarra el alma. Los que partieron, ya no están.  Faltan sus abrazos, sus besos, su sonrisa y su voz. Su recuerdo acaricia el corazón en medio del dolor y un rayo de esperanza se desborda tanto como las lágrimas: ¡Cristo!

Su amor es tan inmenso que logra llenarnos de su paz que trasciende todo entendimiento. Nuestra esperanza es un ancla firme, esperamos su venida, ese mundo nuevo en el que nos reuniremos con quien tanto amamos. Por ahora, sólo dile papito amado cuánto los amamos, abrázalos muy fuerte y enséñanos a danzar bajo la lluvia para adorarte.

“Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido. Y vi la ciudad Santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo desde la presencia de Dios, como una novia hermosamente vestida para su esposo. Oí una fuerte voz  que salía del trono y decía: “¡Miren el hogar de Dios ahora está entre su pueblo! Él vivirá con ellos y ellos serán su pueblo. Dios mismo estará con ellos. Él les secará toda lágrima de los ojos, y  no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más” Y el que estaba sentado en el trono dijo: “¡Miren, hago nuevas todas las cosas!…” Apocalipsis 21:1-5