Podemos darnos cuenta si en verdad nos amamos, cuánto nos amamos o sin en realidad tenemos en poco nuestra vida observando nuestro trato a nuestros semejantes. A veces las personas conocen la necesidad de su amigo, de un miembro de su comunidad, de una persona en la calle y simplemente la ignoran. Quizás le digan “voy a orar” y ni siquiera oran; “Dios te ayude y consuele” pero ellos no ayudan en nada; no viven el ministerio de la consolación. “Dios te fortalezca” pero no son esas manos que pueden levantar al caído. Triste mente muchos ni siquiera quieren relacionarse con el necesitado, viven creyendo que pocos son dignos de su amistad; simplemente transitan en esta vida con completa indiferencia. Con sus labios honran al Señor pero su corazón está muy lejos de Él. Es aquí donde los títulos sobran y volvemos al verdadero título sin el cual no hay nada: ¡Hijos de Dios!

El hijo, hace lo que ve hacer al Padre. Si somos hijos, entonces somos coherederos con Cristo. Si somos hijos, las buenas obras que Él preparó de antemano las estaremos haciendo. Si somos hijos llevaremos consuelo al afligido, vendaremos sus heridas y compartiremos con el necesitado. Si somos hijos, nuestro clamor será ¡Señor despierta a tu iglesia! ¡Levanta a tu pueblo! Si somos hijos, el amor a nuestros semejantes no dependerá de su color de piel, religión, capacidades, discapacidades, estatus social o económico. Si somos hijos sufriremos por el que sufre, nos alegraremos con el que se goza. Si somos hijos, amaremos la verdad y viviremos en ella. Si somos hijos, pensaremos más en los demás y menos en nosotros mismos; los sueños de Dios serán nuestros sueños. Si somos hijos en verdad diremos de todo corazón “Heme Aquí Padre; ¡envíame a mí!” y caminaremos en su dirección.

Presentemos nuestro corazón delante del Padre, revisemos nuestro caminar y contestemos ¿Estamos actuando como hijos suyos? ¿Estamos enfocados en el yo, o en Él? Te invito a ir a esa intimidad con el Señor, en la cual todo es manifiesto y transformado. Que el poder de su presencia y de su Santo Espíritu haga su obra en ti. El Señor te de la dirección necesaria, la asignación debida, te revele esas buenas obras que faltan por hacer. Sea tu corazón sensible y obediente a su voz. Camines por esa senda antigua que Él formó llamada ¡Amor! Si Dios es amor, entonces ¡no hay otra forma de caminar!

No nos dejemos engañar, Jesús habló muy claro:  “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” Mateo7:22-23